QUÉ HACER CON EL NIÑO BARBUDO

Habría que llevarlo a algún sitio, localizar a su padre (aunque no parecía la mejor opción), entregárselo a un guardia, habría algún servicio municipal que recogiera a los niños perdidos. Era evidente que harían preguntas: dónde ha encontrado usted al niño, de dónde lo ha sacado, por qué tiene barba. La estricta verdad no parecía que fuera muy convincente, sería algo así: el niño apareció en el canal nadando a favor de la corriente y sin ningún apuro levantando la cabeza para no sumergir demasiado la barba, yo me tiré al agua para sacarlo (innecesariamente), tres chinos que paseaban por allí nos ayudaron a salir a la orilla, yo lo sequé con mi toalla a estrenar, etc… Un deportista que se ejercitaba en la zona (Lavandero se llamaba) acertó, tal vez, con una solución digna, sugirió la entrega del niño en la portería de un convento cercano: las monjas (afectas siempre a intervenir en labores de corte humanista) se harían cargo de su entrega a la institución competente, por lo visto no era el primer niño barbudo que aparecía en la zona.