EL NIÑO BARBUDO

Ocurrió una mañana. Ya hacía calor, me disponía a hacer los ejercicios habituales a la sombra del plátano que crece casi tocando las aguas del canal. Entonces vi nadando hacia mí, sin asomo de prisa, a un niño rubicundo perfectamente barbudo. Tendría seis o siete años y la barba, de un palmo al menos, flotaba ante su cara. Una vez en la orilla, perfectamente a salvo, al darle la mano, con cierta aprensión (por su evidente extranjería) le hice la primera pregunta que se le hace a un niño: ¿Cómo te llamas? Y el niño, sin asomo de duda me respondió: Kikim. Kikim hablaba nuestro idioma como tú y como yo. Observé entonces la magnitud de la barba que casi le cubría el pecho. Que estuviera familiarizado con nuestro complicado lenguaje, me animó a hacerle la segunda pregunta que se le hace a un niño perdido: ¿Y dónde están tus padres? Mi papá está con mujeres, contestó, me sé su número de teléfono. ¿Y le has llamado? Sí, pero no quiere hablar. Alguien le hará hablar a ese bastardo, pensé. Como entretanto dio alguna muestra de cierto aterimiento, recordé la pequeña toalla que siempre llevo conmigo y la busqué en la mochila contento porque por fin me daba un servicio. Cuando acerté a sacarla, no obstante, el niño ya estaba seco. Era un niño gracioso, un niño expectante, un niño: un niño con barba.