EL POETA  FERROVIARIO

Era el encargado de sujetar el tren apenas entraba en la estación. Para ello controlaba la pieza clave: un gancho no demasiado grande pero sí extremadamente fuerte. Si el tren estaba de paso, se encargaba también de soltarlo en el momento adecuado. Por el contrario si su trayecto terminaba allí permanecía amarrado durante todo el tiempo. Al llegar uno de los trenes de paso, mientras lo enganchaba, descendieron a toda prisa unas admiradoras para decirle que la compañía había traducido algunos de sus breves poemas al inglés y los había incluido en los folletos gratuitos que se ofrecían a los viajeros. Pero estaban mal traducidos, decían. En efecto, los poemas parecían estar traducidos palabra a palabra y por tanto carentes no sólo del sentido original sino de cualquier otro sentido. Debería hacerse con algún ejemplar y si se confirmaba el desaguisado urgir la retirada de todos los ejemplares, elevar una protesta a la compañía y además exigir una reparación adecuada que podría incluir una reedición revisada. De cualquier otra forma se negaría a enganchar los trenes, y ya sabía la compañía cuan catastrófico había sido el resultado cuando el anterior controlador de pendiente, también poeta, se había negado a hacerlo.