EL TELÉFONO HIJOPUTA

Intentando salir de aquel portal en el que había entrado por equivocación, mientras pensaba que le hubiera gustado entender las matemáticas, llamó a un timbre en vez de tocar el interruptor de la luz de la escalera. En ese momento de apuro por salir cuanto antes para ahorrar explicaciones con el vecindario, en plena oscuridad, le cayó un teléfono sobre los hombros. Nada que ver con esa idea absurda de Cortázar de que todos los gatos son teléfonos: lo sentía como probablemente un auténtico teléfono antiguo de baquelita negra (y debía serlo). Alcanzó lo más rápidamente que pudo la calle. Para entonces el teléfono, aunque él no lo podía ver, ya estaba cómodamente asentado sobre sus espaldas. El cabrón dominaba el panorama y cuando estaba cerca de alguna persona imitaba sonidos telefónicos de una variada gama para divertirse y confundir con su supuesta llamada y si alguien inocentemente descolgaba le llenaba (con voz furiosa) de improperios, insultos y obscenidades. Más de uno se volvía hacia el pobre porteador con ira y desagrado dudando, o acaso convencido, de que fuera el autor de semejantes barbaridades gratuitas. La situación de incómoda pasó a ser embarazosa y hasta peligrosa pues cada vez afectaba a más personas. Ya está bien de bromas, le dijo. Dio manotadas hacia atrás por encima de su cabeza pero el teléfono (hijoputa) se zafaba divertido. Tendría, de momento, que cargar también con la situación, tal vez fuera con el tiempo más llevadero o el teléfono se cansara de esa actitud grosera o, mejor, decidiera irse tal como había llegado. Recordó entonces que además de las matemáticas le hubiera gustado entender también la música.