EMOCIONES PERDIDAS

Descubro que hay otras personas a las que no les gustan los juegos de mesa. Me siento acompañado. Jamás tuve interés por aprender a jugar a las Cartas en ninguna de sus variantes, será por mi incapacidad para las matemáticas (creo que en el juego se hacen cálculos); además las cartas tienen un aura de malditismo que siempre me ha inquietado. Del Dominó, que yo veía jugar en un café de mi barrio (esquina calle Monterregado-Ruiz Tapiador) me interesaban mucho más que el cálculo las formas que se iban creando sobre la mesa, a modo de caminos con descansillo (las fichas dobles) o como los planos de una construcción haciendo siempre esquinas  en ángulo recto. Soportaba el Parchís, quizá porque me gustaban los cuatro colores y el esquematismo de su tablero, pero a menudo el juego se prolongaba demasiado. La Oca en cambio era más rápida y amena, y contenía más variedad de obstáculos y premios. El Ajedrez, cargado de prestigio y de historia, existía en el colegio, pero nunca daba tiempo de terminar una partida en el lapso del recreo por lo que había que reservarlo para momentos excepcionales y para entonces no te encontrabas habituado o tenías que volver a recordar el movimiento de las fichas. Su hermano menor (hermano de tablero) las Damas era más dinámico y exigía menos protocolo (era como el ajedrez de los pobres) y encontraba coherente el movimiento siempre en diagonal. Parece que me he perdido muchas emociones (a juzgar por la variedad de aspavientos, rugidos, risas y desaforadas expresiones que proceden de las mesas de juego); pero también me he perdido la emoción de pilotar un reactor estratosférico o la de descubrir una tumba egipcia del Imperio Medio con su momia y su ajuar… No se puede llegar a todo.