LA QUITERÍA

Alertado sobre la existencia de una quitería (Quitería Martín al parecer) en una zona hace tiempo no explorada de la ciudad, me pregunto, antes de largar una visita, qué clase de establecimiento puede responder a ese nombre: ¿una especie de tienda de antigüedades donde se venden objetos que te quitas de la casa? La palabra quitería no existe en el diccionario pero tiene gracia, una gracia ingenua y simpática, quizá es un vocablo reciente que hace referencia a una de esas nuevas o renovadas formas de comercio que la gente inventa para sobrevivir en las ciudades. La realidad es muy otra. Si uno se acerca al número 63 de la calle Mayor, en el extremo este de lo que fue el decumano romano en el barrio de la Magdalena, encuentra una colorista tienda con aire del pasado, donde se venden toda clase de caramelos y chucherías, baratijas de adorno personal infantil, objetos de broma, frutos secos, globos, tebeos y juguetitos de plástico, muy parecida a aquella más pequeña, en la que en los años cincuenta del siglo pasado enterrabas cada domingo la paga semanal que te daban en casa. La quitería Martín no es una quitería sino una tienda fundada por Quiteria Martín, una viuda emprendedora que en tiempos difíciles fabricaba caramelos y barquillos para sacar adelante a su familia. Quiteria tuvo éxito gracias a un gran tesón y a su incansable trabajo. Llegó a tener dos sucursales  abiertas en la ciudad para la venta al detal y al por mayor; en ellas se surtirían de mercancía aquellos vendedores de carrito (hoy desaparecidos) que veíamos de pequeños en las esquinas y a la entrada de los cines. Un hermoso rótulo de letras mayúsculas (y sin tilde en ninguna de las íes) mantiene su nombre y adorna la fachada de la tienda que todavía hoy abre su nieto: QUITERIA MARTIN, “almacén de juguetes y fábrica de dulces, desde 1921”. Qué pena, las quiterías no existen todavía; o quizá sí: una o dos en cada barrio.

Quiteria