QUE TE PIERDES…

Era un caso raro. Viejo eternamente malhumorado, enemigo de todos, un verdadero amargado; propietario, sin embargo, de dos casas (de dos pisos cada una) en una vecindad donde, no todos, pero quizá la mayoría éramos familias (en alquiler) de desarrapados huidos de algún pueblo remoto de la provincia. Enfermo de los bronquios, siempre carraspeando, tosiendo y escupiendo, se decía que por culpa de su trabajo de toda la vida en una harinera. También se decía que en esa harinera había robado durante mucho tiempo, o al menos sisado dentro de sus posibilidades. En resumen, el llamado tío Miguel era un hombre viejo ya, nada amable y nada querido en la vecindad, que detestaba a los niños y al que, de alguna manera, se respetaba en razón de su edad y por atención a su mujer (la tía Pascuala), una anciana infinitamente más sociable. Nunca supimos realmente de dónde procedía su amargura. Sí comprobamos su odio visceral e irreflexivo a lo que representaba el poder franquista en su versión municipal. Si en la planificación de la reforma urbanística de nuestro tramo de calle el Ayuntamiento había decidido que cada equis metros debía ir un arbolito y el alcorque caía (como así sucedió) justo ante la fachada del tío Miguel, éste se negaba a admitirlo faltándole tiempo para arrancar dicho arbolito y arrojarlo a la calzada con desprecio, al tiempo que su mujer, más juiciosa, intentaba contenerlo al grito de: “Miguel, que te pierdes…”. Mucho resquemor tenía que haber dentro de uno para actuar así en un barrio de Zaragoza en los años cincuenta. El hombre, además de tirar el arbolito, también taponó con cemento la válvula de riego que el Ayuntamiento, ciegamente, había colocado ante su puerta.